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“La tarde está muriendo como un hogar humilde que se apaga…”
Machado.
Mucha zozobra y confusión se yergue sobre la patria en estos momentos de tristeza y vergüenza.
El patético, violento, y lamentable espectáculo sobre el que nuestro país ha entrado en la historia con la atención de las naciones del mundo apenas en el primer decenio del tercer milenio será una mancha muy difícil de lavar en, por lo menos, dos generaciones. Es así porque lo que se ha retrocedido con el madrugón perpetrado el domingo 28 recién pasado representa treinta años, tres decenios llenos de miseria, opresión y atraso.
La ventana que el gobierno de Zelaya había logrado abrir para que iluminara esperanzas en el ochenta por ciento de una población sin protección constitucional e institucional se ha cerrado –y nunca la palabra habría sido dicha con tanta propiedad- de un solo golpe. Una oligarquía feroz y avorazada celebra ahora en su circo mediático, sin asomo de prudencia y con gran cinismo, su victoria sobre los pobres. La acompaña en la risa burlona una burguesía acostumbrada al embozamiento, a la hipocresía y a la insensibilidad social.
Los pobres vuelven, una vez más, a su condición de sirvientes en vértice de la pirámide socio-económica.
De nuevo las instituciones permanecerán blindadas por parte de la oligarquía. Nuevamente ‘la constitución’, dentro de su laberinto leguleyo, servirá de apoyo inmarcesible para los sacrosantos intereses de los poderosos. Otra vez la sociedad de amos y esclavos; otra vez la representación de la bufonería cursi representada ante un público que resulta ser la burguesía más inhumana de todos los tiempos.
Englobamos en la denominación “pobres” a un contexto social que sirve al mismo tiempo de jaula y de animal. Se trata de un pueblo que históricamente ha sido abusado por su naturaleza humilde, pacífica y ciertamente sumisa. Se trata de un pueblo cuyos estallidos de protesta son provocados por los propios límites de su tolerancia; pero condicionados temporalmente por hitos que exceden el desarrollo de dos o más generaciones, de tal manera que cuando las condiciones deberían de apuntar a una toma de conciencia unitaria para lograr una lucha orgánicamente conducida hacia el triunfo ya la memoria histórica ha hecho presa de los protagonistas, en la parte borrada de manera anodina.
Sin embargo, no por nada este inicio de milenio está cargado de sorpresas. Bien puede suceder que el pueblo hondureño esté enrumbado hacia otro proyecto de lucha y liberación y que, después de treinta años de haber caminado a la vera de una ‘democracia’ representativa que sólo ha significado su explotación, su pobreza y su miseria, se niegue a retroceder un tan solo día hacia el oprobio y decida mandar a la zupia de la historia a los lebreles que corretean otra vez sobre la ilegalidad.
Para que eso se lleve a cabo será necesario, sin embargo, que esta vez la organización sea realmente unitaria; que se haga a un lado las ambiciones personales, el protagonismo y los complejos ególatras; que haya un proyecto de país coherente, orgánicos en sus componentes y equidistante de las injusticias y la mediocridad. Que la planificación sea sostenida y prevista para una lucha de corto y mediano plazo. Que se escoja a los mejores hombres y mujeres para dirigirla.
Que los planteamientos gremialistas y economicistas sean supeditados a proposiciones de raigambre política e ideológica; con una visión clara del futuro inmediato para asegurar a la ciudadanía el acceso a una democracia participativa en la que cada hondureño, hombre y mujer, joven y anciano, obrero y campesino, trabajador e intelectual pueda procurarse de sí y para sí el arma más poderosa de la democracia: el voto.
Que éste deje de ser el que se usa como carnada para arrear a los ciudadanos a votar por sus propios enemigos; que sea el voto propio, el que se siente, se piensa, se razona y se utiliza para una causa comunitaria: el progreso del país hacia una senda de libertad, justicia y equidad. Una libertad que no haya salido de ninguna película de mal gusto; una justicia que no se enrede ni se atragante en la sopa de letras de los partidos políticos y las instituciones; y una equidad que termine con la burla prepotente del amo y escriba muy bien deletreada su dignidad.
Nada mejor que la lucha para probarlo.
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